miércoles, 7 de mayo de 2014

Dos visiones, dos santos





Dos visiones, dos santos


“Quiera el Cielo que todos vuestros esfuerzos y vuestros trabajos, en los que están centrados no sólo los ojos de todos los pueblos, sino también las esperanzas del mundo entero, satisfagan abundantemente las comunes esperanzas” (discurso de inauguración del Concilio Vaticano II, por el papa Juan XXIII, 1962).

Desde sus inicios las primeras comunidades muestran los conflictos y tensiones que conlleva el querer discernir en la realidad compleja, la voluntad del Dios Trino y Uno; eso lo encontramos testificado en la escritura del Nuevo Testamento, cuando una línea tradicional de la ortodoxia judía quería imponer prácticas religiosas de esta tradición a los nuevos cristianos venidos de otras culturas, como la Griega (Hch 15; Gal 2,11-14).



Recordando las palabras que san Pedro, mártir de Jesucristo, que dirigió en este conflicto a la asamblea reunida, dice así “¿por qué, pues, ahora tientan a Dios imponiendo sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos sobrellevar?” (Hch 15,10). La tensión en una organización humana, como lo es la Iglesia, lleva siempre a conflictos de visión y práctica. La gran diferencia en esta institución humana que es la Iglesia, es que tenemos la gracia de la presencia amorosa y liberadora del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28,18-20).

En esta fecha 27 de abril del 2014, que se realiza el acto oficial de considerar institucionalmente “santos” a dos papas recientes, como lo fueron: Juan XXIII y Juan Pablo II; se muestra nuevamente los conflictos de pensamiento y práctica cristiana, es decir, que en estos dos hombres discípulos de Jesucristo y ministros de la Iglesia, se mostró dos maneras de comprender el servicio y poder eclesial en la Iglesia que es sacramento de Jesucristo.

En una revista digital, se escribe sobre esta tensión de “líneas o tendencias” cristianas-católicas, sobre el modo de llevar el ministerio “petrino” y sacerdotal del Jesucristo.

“De Juan XXIII brota espontáneamente la bondad y la confianza, el diálogo y la acogida; de Juan Pablo II es, más bien, el poder y la firmeza, la supremacía de lo propio y exclusión de lo diferente; en Juan emerge la humanidad con sus virtudes y defectos, en Juan Pablo es la Iglesia jerárquica dominante y queriendo ocultar siempre sus debilidades y problemas; Juan fue el papa de la modernidad y el aggiornamento, Juan Pablo lo fue de la involución y restauración eclesiales; en el papa Juan es primero el buen hacer o buen estar en el mundo (ortopraxis) y para ello convoca un concilio, en Juan Pablo aparece en primer lugar el discurso único (ortodoxia) que rechaza las nuevas corrientes de pensamiento teológico y condena a sus autores. Visto desde América Latina, el papa Juan fue un estímulo para la liberación social y religiosa, mientras que Juan Pablo fue un aliado del imperio. Poca alquimia, como se ve, entre ambas figuras…también ahora van a aparecer los dos bandos bien diferenciados en la Iglesia, los que están a favor de su renovación y transformación y los que van a seguir apostando por tradiciones que el tiempo ya ha superado” (Religión digital, 27-4-14).


Volviendo a los orígenes de nuestra fe en Jesucristo, la santidad que nos presentó el Maestro (como lo llama María Magdalena), se basa en experimentarse bienaventurado, feliz por ser y vivir al modo de Jesús, el Hijo de Dios: “bienaventurados los pobres con espíritu…los mansos (pacíficos)… los que lloran…los que tienen hambre y sed de justicia…los misericordiosos…los limpios de corazón (honestos)…los que trabajan por la paz…los perseguidos por causa de la justicia…(Mt 5,1-12).

Fray Rene

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