“El pastor debe estar donde está el sufrimiento” Mons Romero



“El pastor debe estar donde está el sufrimiento” Mons Romero.


“queremos obispos al lado de los pobres…queremos obispos…”, así gritaban muchos en la caminata y vigilia dedicada a Mons Romero el 22 de marzo el presente año.

Esta consigna es un anhelo de esperanza para muchos en el Pueblo de Dios. También es una autentica frase para el modo como tienen que ser y vivir los obispos en estos pueblos de América Latina.

Los empobrecidos, que son las mayorías en nuestros pueblos, son los que determinan desde donde tienen que actuar los obispos, los presbíteros, agentes de pastoral, Religiosos y Religiosas; es decir, todo bautizado que tiene un ministerio o servicio en la Iglesia tiene que ubicarse del lado de los pobres, marginados, excluidos y enfermos, como defensores de sus derechos y de su vida.

El mismo Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, en el anuncio de su misión, presentó a los pobres como destinatarios de la Buena Nueva del Reino, su acción liberadora a favor de los que no cuentan en la sociedad, en el sistema político y religioso: los enfermos, excluidos morales, indigentes, indigentes, pecadores (Lc 4,16-21).

Mons. Romero fue tomando conciencia que estar a favor o ponerse en defensa de los marginados que no tienen voz, como parte de su misión profética como bautizado; sabiendo que esta opción traería persecución, decía “la persecución es algo necesario en la Iglesia ¿saben por qué? Porque la verdad siempre es perseguida. No puede vivir la Iglesia con su deber sin ser perseguida. La Iglesia es perseguida, tiene que ser perseguida, si es defensora de los derechos de Dios y de la dignidad humana” (29-5-77).

Monseñor tenía clara conciencia de cuál era el modo de ser Iglesia de los pobres, libre sin poder que le compre la conciencia “Ahora la Iglesia no se apoya en ningún poder, en ningún dinero. Hoy la Iglesia es pobre. Hoy la Iglesia sabe que los poderosos la rechazan, pero que la aman los que sienten en Dios su confianza… Esta es la Iglesia que yo quiero. Una Iglesia que no cuente con los privilegios y las valías de las cosas de la tierra. Una Iglesia cada vez más desligada de las cosas terrenas, humanas, para poderlas juzgar con mayor libertad desde su perspectiva del evangelio, desde su pobreza” (28-08-1977).

Romero estaba convencido de la defensa de la vida de los pobres y del pueblo salvadoreño que dijo unos días antes de su muerte, “nada hay tan importante para la Iglesia como la vida humana, como la persona humana. Sobre todo la persona de los pobres y oprimidos que además de ser humanos son también seres divinos” (16-3-80).

Mons. Romero sabía que lo matarían, todo el pueblo salvadoreño sabía que los grupos de poder político, económico y militar matarían al profeta y pastor. Su palabra era esperada por las mayorías, por los sectores organizados que tenían hambre y sed de justicia, que ya soñaban con un “cielo nuevo y una tierra nueva” en El Salvador.

Este pastor, en tres años de arzobispo, se aferro en el evangelio, y se identificó con la vida de los pobres, campesinos y perseguidos, asumió su misión cristiana como un verdadero discípulo de Jesús, por eso dijo con toda humildad y firmeza, “si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”

Mons. Romero, vive en la memoria del pueblo pobre, cristiano y sediento de justicia de esta historia que vivimos en estos pueblos centroamericanos.



Que su memoria la honremos con nuestro modo de vivir el seguimiento de Jesús, con ser una Iglesia pobre y servidora; gastando nuestras vidas por la causa de los pobres, a favor de promover la vida, en el cuido de los desprotegidos y marginados, en defensa de los derechos humanos, y sobre todo, cuidando y defendiendo la “hermana nuestra Madre Tierra” con todos sus criaturas.

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