Monseñor Romero. Breve Biografía




Monseñor Romero. Breve Biografía


Monseñor Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador, asesinado a los 63 años, cuyo crimen es el de mayor repudio en la historia de El Salvador. ¿Quién lo asesinó? ¿Por qué lo asesinó?, ¿Cuáles fueron los motivos para llegar a semejante decisión?.

Oscar Arnulfo Romero Galdámez nace el 15 de Agosto de 1917 en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel, República Centroamericana de El Salvador.

Desde muy pequeño sintió el llamado de Dios. Ingresó al Seminario menor de San Miguel en 1931.

Percatándose su Obispo de su vocación e inteligencia es enviado a Roma a continuar sus estudios eclesiásticos, es así como un 4 de Abril de 1942, es ordenado Sacerdote en la Basílica de San Pedro, en Roma. Regresa a su país natal para ponerse al servicio del anuncio de la Buena Nueva como había sido su sueño desde pequeño. Su empeño por hacer bien las cosas, le ganaron halagos de sus homólogos, poco a poco fue escalando peldaños en su Diócesis, San Miguel. Posteriormente es nombrado Obispo de la Diócesis de Santiago de Maria en donde vivió más de cerca la pobreza de los pobladores de esa Diócesis. Hasta el momento, su vida había transcurrido entre libros, cuadernos y bibliotecas pero ahora empieza a comprender que no solo en los libros se aprende de Jesús, sino también en las crueles realidades de nuestros tiempos.

La situación socio – política de El Salvador en la década de los ’70 es terrible, compleja y violenta. Día tras día, aparecían cadáveres de ciudadanos tildados de “comunistas”, asesinados por los llamados “Escuadrones de la Muerte”, muy comunes en esos años aquí en El Salvador. La Iglesia Católica había asumido un papel protagonista en la lucha por la justicia, la dignidad y los derechos humanos en toda Latinoamérica.

La Conferencia Episcopal Latinoamericana había marcado las líneas a seguir en la reunión de Medellín, Colombia, en 1968.

El Obispo Oscar Romero es parte de una terna para sustituir en el cargo a Monseñor Luis Chávez y González, al retirarse éste debido a su edad, tal como lo estipula el Derecho Canónico de la Iglesia Católica, la elección de Roma se basó en el visto bueno del Gobierno y de personajes prominentes salvadoreños, quienes veían en Monseñor Arturo Rivera Damas un peligro como arzobispo de tal manera que la elección fue Monseñor Romero, ya que era el Obispo conservador, ortodoxo, que difícilmente se metería en problemas y que haría callar a los sacerdotes que se habían comprometido con la justicia social. Sin embargo los caminos del hombre, no son los caminos de Dios. Nuestro Padre tenía otros planes para revertir tal decisión muy mal intencionada para con el pueblo salvadoreño y lo dejaría bien claro más adelante. Monseñor Romero asume el pastoreo de la Arquidiócesis de San Salvador, en momentos turbulentos, caóticos, críticos y anárquicos como jamás había vivido El Salvador. Días de huelgas, marchas, protestas, subversivos, escuadrones de la muerte, represión, incendios, desaparecidos, torturados, asesinados, mutilados, tomas de iglesias, embajadas, bombas, secuestros, pintas callejeras, paros al transporte, quemas de buses, características inconfundibles de una inminente guerra civil.

Esto no estaba en los libros, esto era una realidad a la cual como hombre de Dios debía hacer frente, desde el Evangelio, como pastor, como cristiano, como jefe de la Arquidiócesis de San Salvador.

Monseñor Romero fue un hombre de oración, esto lo aprendió en Roma y con sus íntimas amistades del Opus Dei, es por eso que desde la oración trataba de encontrar la respuesta sobre qué quería Dios de él en semejante situación. Todo empezó a esclarecerse para él el 12 de Marzo de 1977. Ese día, Rutilio Grande, un Sacerdote Jesuita de la Arquidiócesis, amigo suyo, es asesinado por un Escuadrón de la Muerte cuando iba camino a una Eucaristía en El Paisnal, Aguilares.

Jamás en El Salvador habían asesinado a un sacerdote. Rutilio era el primero. Fue un tremendo golpe para Monseñor Romero, quien pide investigaciones al gobierno de turno, dirigido por el General Carlos Humberto Romero, cuyo Gobierno había nacido de un fraude electoral. Estas investigaciones nunca llegaron a su fin. Jamás se investigó la muerte de Rutilio Grande. Ni siquiera se intentó.

Las experiencias amargas con las que Monseñor se va a encontrar a lo largo de su ministerio fueron muchas: Campesinos torturados, Celebradores de la Palabra desaparecidos, obreros, amas de casa, líderes sindicales,

jóvenes, estudiantes, asesinados con lujo de barbarie, incluso, vivió la tortura de ver a seis sacerdotes asesinados, todos por los Escuadrones de la Muerte, y estas experiencias fueron tan duras y crudas que, meses después, Monseñor Romero era otro hombre, ya no el tímido y conservador, sino el Profeta con Palabra de fuego.

“El cántaro que estaba haciendo con barro se arruinó en manos del alfarero, y éste empezó de nuevo y lo transformó en uno muy diferente” Jeremías 18, 4

Monseñor Romero no fue imparcial como hacen los mediocres que quieren estar bien con Dios y con el diablo. Monseñor Romero fue totalmente parcial hacia un lado, hizo una opción, se colocó al lado del pueblo oprimido, denunció las injusticias que con el pueblo se cometían, desenmascaró a los mentirosos, le dijo asesino al asesino, aunque éste estuviera rodeado de fusiles. Su voz fue una espada implacable que martillaba el Reino de las Tinieblas. Repudió todo tipo de violencia, la generada por la oligarquía, la Fuerza Armada, las guerrillas, los Escuadrones de la Muerte, solamente aceptó “la violencia de Cristo”, amar con fuerza, sin recatos, sin medir los impulsos.

Desde el púlpito, domingo a domingo anunció el Reino de Dios, habló con la verdad, dio fe, esperanza y fortaleza al pueblo, pero también denunció el pecado, desenmascaró todo aquello que iba en contra del Reino de Dios. Por supuesto, esto no agradó a Caín, a la oligarquía salvadoreña, responsables directos de la situación salvadoreña, quienes con la ayuda de la Fuerza Armada y bajo la falsa bandera de “defender la democracia” iban talando la esperanza por reivindicar la situación oscura y repudiable que se vivía, al pueblo organizado. La gran excusa fue defender al país de las garras del comunismo, cuando en realidad era una injusticia social generalizada la que se vivía y por la que luchaban pueblo e Iglesia Católica. En vista de esto, el injusto debía a toda costa, callar al profeta, y lo amenazaría innumerables veces, lo intimidaría, lo insultaría y si era necesario matarlo, pues lo haría.

Jesús había marcado en el Sermón de la Montaña (Mt 5), qué les pasaría a los que en verdad quisieran entrar en el Reino de Dios.

El 23 de marzo de 1980, Monseñor Romero, hace un histórico llamado al Ejército Salvadoreño:

“... Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: CESE LA REPRESIÓN”.

La medida, estaba colmada.

El siguiente día, Lunes 24 de Marzo, Monseñor Romero cae herido de muerte por un único y certero disparo al corazón, mientras celebraba el gran Sacramento de nuestra Fe, en el Hospital La Divina Providencia de San Salvador.

Nadie supo, ni sabe, ni sabrá quién disparó el arma con que fue asesinado. Lo que sí se sabe, es quién ordenó su asesinato : El Mayor Roberto D’abuisson Arrieta, militar retirado, brazo derecho de la oligarquía salvadoreña y fundador del partido político Alianza Republicana Nacionalista –ARENA-.

Muchos han hablado de Monseñor Romero, su figura, su trascendencia en nuestra tierra. Muchos lo tildan de comunista, político, agitador de masas, subversivo, insultador de las “gloriosas” Fuerzas Armadas Salvadoreñas. Cabe recordar que lo mismo decían de Jesús: Está endemoniado (Jn 10, 20), es un agitador (Lc 23, 2), es un charlatán, merece la muerte (Mt 26, 66).

En la homilía del 20 de Agosto de 1978, Monseñor dijo: “MI AMOR ES EL PUEBLO”. Miles de años atrás, Jesús había dicho: “El buen pastor da la vida por sus ovejas” ( Jn 10, 11).

Monseñor dio su vida, su sangre por su pueblo, El Salvador, y solo los cristianos comprometidos con el Evangelio lo entenderán. Si amas a Cristo debes cargar con su cruz y llevarás la cruz hasta que te claven en ella como clavaron a todos los profetas del Antiguo Testamento, como clavaron a Pedro, Pablo, Juan Bautista, Esteban, Martin Luther King, Rutilio Grande, Ignacio Ellacuría y por supuesto, como MONSEÑOR ROMERO, el primer Santo de madera salvadoreña, de genuina madera salvadoreña.

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