miércoles, 16 de noviembre de 2016

QUE NOS CUESTE OLVIDAR... 27 Aniversario del Martirio de los Jesuitas


"La Iglesia debe tomar en cuenta, seria y unificadamente, al “pueblo” y al “pueblo de Dios” de modo que no hable de “pueblo de Dios” sin pueblo, ni de “pueblo” que no esté abierto al “pueblo de Dios” Ellacuría.

“Este día conmemoramos 27 años de la muerte martirial de nuestros seis compañeros jesuitas y sus dos colaboradoras, ocurrida en la madruga del 16 de noviembre de 1989 en el campus universitario de la UCA de San Salvador.

La matanza fue ejecutada por el batallón élite Atlacatl que cumplió a rajatabla órdenes superiores de acabar con Ignacio Ellacuría sin dejar testigos, y ocurrió en el contexto de una guerra que llevaba diez años en donde solo las armas parecían ser los argumentos de ambos bandos, y las consecuencias sangrientas para la sociedad salvadoreña no parecían tener fin” (ERIC, 16 noviembre).

Los mártires en la Iglesia, son la primera figura que se le rinde memoria cultual, es decir, que estos hombres y mujeres fueron considerados los testigos por excelencia del evangelio de Jesús. Estas comunidades cristianas buscaron llevar el anuncio de la Buena Noticia de Jesús, haciendo frente a los desafíos culturales y la realidad hostil de su entorno. Por eso en la memoria de los textos del nuevo testamento, desde sus primeros inicios, está el testimonio de una comunidad perseguida y martirial (Hch 7).

A lo largo del tiempo, la iglesia católica ha aumentado el número de testigos de Jesús, con aquellos hombres y algunas mujeres, a los que ha llamado santos y santas, que se considera que han llevado una vida cercana al modo de Jesús. Aun así, hay que tener claro que la primera forma que la iglesia reconoce como una vida según el evangelio y al modo de Jesús, es aquella donde se ha tenido que ofrendar la vida por ser discípulo y vivir al modo de lo que se proclama como Buena Noticia.

En América Latina hay una gran cantidad de Mártires cristianos que han dado la vida, o se las han quitado por su manera de vivir según la justicia y la paz, por ser solidarios y comprometidos con el caído en el camino, por denunciar proféticamente las políticas y acciones represivas de los gobiernos de turno. Son tantos bautizados los que podemos citar como mártires, con diferentes ministerios, desde ser catequista hasta tener el ministerio de obispo.

Los 6 sacerdotes jesuitas asesinados por un grupo elite del ejército salvadoreño, son parte de esos hombres que por su manera y modo de vivir, por su palabra y escritos, denunciaban a los gobernantes y políticos, a los empresarios salvadoreños, que estaban destruyendo y condenando a muerte al pueblo altamente empobrecido, por el sistema injusto y desigual impuesto por las élites de poder económico y político del país.

Estos sacerdotes, ejercían el ministerio sacerdotal con el pueblo y desde el pueblo, pero sobre todo decían una palabra desde la academia de la universidad, desde la investigación comprometida con la liberación y verdad.

¿Por qué es tan difícil hoy en día, que hermanos y sacerdotes, puedan ser reconocidos como mártires y santos en la Iglesia católica? ; ¿Solo por trámites o porque hay otras motivaciones? Recientemente el papa Francisco dijo que unos obispos salvadoreños fueron por años, los principales opositores de la canonización o de reconocer el martirio de Mons. Romero.

¿Por qué nos cuesta como jerarquía vaticana y católica, reconocer que los ejércitos militares en los gobiernos de América Latina son las principales responsables de grandes masacres y de muchos desaparecidos? 

¿Por qué nos cuesta, como iglesia y jerarquía, condenar esta institución del Estado, que en los últimos 50 años ha estado asesinando al pueblo y a los líderes-servidores católicos en las iglesias locales?

En nuestros pueblos, la semilla martiria ya está sembrada, y sigue dando frutos; los cristiano tiene una memoria martirial reciente, que le impulsa a vivir comprometidamente con los pobres y su causa en favor de la vida; todo cristiano en estas tierras, tiene a los mártires como luces que guían sus pasos como iglesia que es pueblo de Dios.



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