El Evangelio aún es Evangelio

rio Wampú, Culmí, Olancho, Honduras




El Evangelio aún es Evangelio 

Ésta es la certeza. El Evangelio sigue siendo la noticia, bella como la gracia, y ardiente como el amor, que transforma a quien la recibe con corazón de niño: «Yo te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las revelaste a los pequeñuelos» (Mt 11,25). El Evangelio sigue siendo manantial de bienaventuranza para quien, como María de Nazaret, lo acoge con corazón pobre y disponible: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). El Evangelio sigue siendo camino de libertad para quien, como Francisco, lo acoge en su inmediatez, en su frescura, en su radicalidad: «Esto buscaba, esto quiero vivir...» (1 Cel 22). El Evangelio sigue siendo Evangelio, cuando cada uno de nosotros, aun contando con nuestras pobrezas, se atreve a vivirlo.


Somos llamados a situarnos ante el Evangelio como niños, pues «de los tales es el reino de Dios» (Mc 10,14); como pobres, pues ellos son bienaventurados (cf. Lc 6,20); con la alegría de quien encuentra la dracma perdida (cf. Lc 15,8ss); con la sorpresa de quien lo descubre por primera vez en su frescura, pues sólo así lo transformaremos en vida y Regla (1 R 1,1), sin domesticar sus exigencias radicales.


Somos llamados a encontrarnos, libres e indefensos, con el Evangelio; somos llamados a dejarnos iluminar por él; a dejarnos cuestionar por él, para que nuestra vida recupere el sabor y la juventud de los orígenes; para que nuestra vida escandalice y cuestione, como escandalizaba y cuestionaba la vida de Jesucristo


También los Hermanos somos llamados a descubrir el Evangelio como libro de vida, -sin reducirlo a ideología, una más entre otras muchas-, a asumirlo como libro de cabecera, texto fundamental en nuestra formación, que ilumine nuestras opciones y las pueda justificar.

Llamados a volver al Evangelio, porque volver al Evangelio es volver a Cristo, el único que puede justificar nuestra vida. Volvamos al Evangelio, porque volver al Evangelio es revivir la gracia de los orígenes. Volvamos al Evangelio y nuestra vida recobrará la poesía, la belleza y el encanto de los orígenes. Volvamos al Evangelio y seremos rescatados de nuestras miserias y de nuestras esclavitudes, de nuestros miedos y de nuestras tristezas, y rescataremos a nuestros hermanos los hombres de sus miserias y esclavitudes, de sus miedos y tristezas. Volvamos al Evangelio y respiraremos aire puro, y nuestras propuestas serán nuevas, y la inteligencia, valentía, generosidad, fidelidad de tantos hermanos, gastadas sin reservas y sin restitución, darán fruto, y fruto abundante.




Hemos sido llamados para evangelizar. Existimos para la misión: «Designó a doce para que fueran sus compañeros y para enviarlos a predicar» (Mc 3,13). Al mismo tiempo sentimos que nuestra misión, es la de «llenar la tierra con el Evangelio de Cristo» descubrimos que nuestra misión, nuestra razón de ser en la Iglesia y en el mundo, es vivir y proclamar la Buena Noticia a toda humana criatura, particularmente a los «pobres», a los «cautivos» y a los «ciegos» (Lc 4,18-19).




Hablar de evangelización es, por tanto, hablar de nuestra vocación y de nuestra razón de ser en la Iglesia y en el mundo. Única es la misión: la del Padre que envía al Hijo y la del Hijo que envía a los suyos (cf. Mt 10,1s). Como bautizados somos enviados, por la moción del Espíritu Santo, a vivir y proclamar el Evangelio, compartiendo la misión confiada a toda la Iglesia: «Id y haced discípulos de todas las naciones...» (Mt 28,19).




Si la misión no es una simple actividad de la Iglesia sino que pertenece a su mismo ser, la evangelización no puede ser considerada como una tarea más en la vida de una comunidad, sino como su tarea, en la que se expresa en profundidad su vocación cristiana.




La evangelización no es una misión que debemos desarrollar, sino que es la misión para la cual existimos: «No me habéis elegido vosotros a mí, sino yo os elegí a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca» (Jn 15,16).




El Espíritu es el que nos empuja a ello. A nosotros corresponde simplemente responder a esa moción. Por ello, cuando hablamos de la evangelización como vocación, más que tratar de unas exigencias pastorales, hablamos de la respuesta a una llamada, respuesta que nace del diálogo profundo entre Dios y el hombre, nace de la conciencia de haber sido enviados a los hombres por aquel que es para ellos la Buena Noticia del Padre, nace de la acogida del Reino de Dios en el corazón de cada uno de los Hermanos.




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