miércoles, 15 de agosto de 2012

HERMANOS MENORES Y HERMANAS POBRES



HERMANOS MENORES Y HERMANAS POBRES
¡Qué formula histórica!, hermanos menores y hermanas pobres de santa Clara. Digo esta expresión, queriendo resaltar todo lo que se encuentra significado en estos títulos: todo un camino de espiritualidad cristiana.
El sentido de ser hermanos de todos y todas, de todo ser viviente del planeta, es una propuesta radical del hermano Francisco; ser menores es el calificativo que 


acompaña ese ser hermanos. El ser hermano y menor puede facilitar el encuentro con nuestra verdad que llevamos en el interior, y al mismo tiempo poder abrazar a todos en su verdad y profundidad existencial, en su historia y en su contexto social muchas veces marginado.
El título de hermanas pobres de santa Clara, es una expresión elocuente de un gran contenido espiritual; este calificativo expresa una forma de vida sin propio y abrazadas al gran AMOR: JESUCRISTO, al PADRE de las Misericordias.
Francisco y Clara son dos nombres que inspiran dentro de la Iglesia al seguimiento de Jesucristo. Cuando Clara se considera “plantada” por Francisco, es en toda la expresión (TestCL 48-49). Es en Francisco que encuentra la inspiración, es él quién les ayudó en la elección de la forma de vida, es él quién les mostró el camino, por eso es el Bienaventurado Padre (TestCL 5).
Si partimos de la historia expresada en los biógrafos y escritos de la época, y siguiendo los escritos de ambos santos, encontramos evidenciado el amor entrañable que se tenían Clara y Francisco. En estos dos santos podemos recuperar el sentido espiritual y profundamente humano que tiene la amistad.
Para Clara, la vida y palabra de Francisco fue inspiración de vivir amando al AMADO, de vivir consagrada al Señor, sumo Bien, total Bien. Para Francisco, Clara fue referente afectivo en el camino del amor al PADRE. Francisco buscó a Clara en momentos de discernimiento, eso se hace con quien se confianza y cariño, ambos se apoyaron desde el amor, en el seguimiento de Cristo.
Desde los inicios, la opción fundamental de Francisco fue “vivir el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2R 1,1); la misma inspiración movió a Clara (RCL 1,3). El evangelio es el punto de partida  de la espiritualidad de estos dos corazones caminantes en búsqueda del AMOR.
Es que en realidad, para seguir a Jesucristo se necesita de mucha pasión, de una relación afectiva con Jesús, con el PADRE Y el Espíritu Santo. Estos dos santos aportaron a la Iglesia, un camino espiritual que parte de un encuentro intimo y auténtico con la TRINIDAD. Este camino lo realizaron “tomados de la mano”, como dos corazones unidos en la misma dirección: EL REINO DE DIOS.
Estos dos amigos y discípulos de Jesucristo,  nos dejan un gran legado espiritual para nuestro tiempo. Este legado es un aporte en estos tiempos de violencia y muerte; donde el gran capital junto con la economía de mercado, los políticos inescrupulosos y el consumismo acelerado, producen personas con indiferentes ante la vida humana y toda la creación.
¿Qué nos enseñas Clara para vivir hoy, por dónde tenemos que retomar la ruta hacia el gran AMOR? Uniendo la formula de Francisco y Clara de Asís, surge una espiritualidad y práctica cristiana basada en el seguimiento de Jesús y la vivencia evangélica, en una vida contemplativa, en vivir sin propio (pobreza), en ser hermanos y hermanas (la fraternidad), en anunciar y testimoniar la Buena Noticia del evangelio con la humildad de un caminante y peregrino en este mundo.
Nosotros, los que vivimos inspirados en el carisma francisclariano, estamos llamados a “restaurar la Iglesia”, esto no es creernos los “santos o perfectos”, sino aportar, con sencillez y audacia, la espiritualidad del carisma recibido.
La vida evangélica, es un don, por eso tiene que ser “restituido” en la misma Iglesia, y compartido con todos los hombres y mujeres que encontramos por el camino (TestCL 2,15.18); ¡Qué urgente es vivir nuestra vocación!
En Francisco y Clara, encontramos que el punto de partida del camino de fe es la vivencia del santo Evangelio; esto implica centrarse en Jesucristo, en el misterio de la Encarnación, en su misión liberadora (Lc 4,16-21), en la pasión y muerte en la Cruz (2CtaCL 18-20). Por eso la eucaristía recoge ese misterio de amor expresado por Jesús hasta quedarse con sus discípulos al “partir el pan” (Hch 2,41-44).
Una vida evangélica, nos lleva a centrarnos en la práctica del Jesús presentado en los cuatro evangelios del canon bíblico. Las palabras y gestos de Jesús, sus opciones y prioridades vitales, se vuelven el indicador por donde tenemos que llevar dicho seguimiento.
Para Clara, inspirada en Francisco, Jesús que se ha hecho “camino” (TestCL 5). Es en los evangelios, donde estos dos santos se encuentran con la pobreza y humildad del gran amado Jesucristo (1CtaCL 19).
Una característica propia de este carisma es la contemplación, ésta consiste en darle el primado al AMOR DEL PADRE EN EL HIJO, UNIDOS EN EL ESPIRITU SANTO. El encuentro amoroso con EL PADRE, con el Señor es fundamental y prioritario.
La acción y actitud contemplativa parte del misterio de la Encarnación, que es desde donde Francisco y Clara se acercaban al misterio de Jesucristo (2CtaF 4; 1CtaCL 19; 3CtaCL 18-19; 4CtaCL 20-21). La experiencia mística en Clara se da en el encuentro con el “esposo amado” (1CtaCL 7.9). 
Vivir contemplativamente engloba toda la persona, sus distintas dimensiones: espiritual, intelectual, afectiva y sensible (Fr José R Carballo OFM. 2004); no se trata de hacer de la contemplación un acto ritual de oraciones continuas, ni solo un momento de pasividad en la vida cotidiana. Para Clara, la contemplación de cada hermana tiene que realizarla integrando la mente, el alma y el corazón (3CtaCL 12-13).
Este camino de oración contemplativa llevará a la transformación interior de todo creyente en el “espejo” que es Jesucristo. Se trata de que el corazón esté vuelto hacia el Señor (4CtaCL 15).
Si somos contemplativos, seremos apasionados por el Reino, por la causa de Jesús; tendremos los mismos deseos y sentimientos de Él, hacia los más necesitados de la historia; buscaremos actuar con verdad y justicia, con misericordia y ternura, con libertad y rectitud ante nosotros mismos y la realidad.
La contemplación cotidiana nos une afectivamente con Jesús, nos hace experimentar el amor del PADRE, dejándonos conducir por el Espíritu liberador. La contemplación nos lleva a una mayor sensibilidad del misterio de nuestra historia personal y al encuentro con todos los “leprosos” del camino.
El camino de la contemplación te lleva a vivir en la pobreza, la humildad y la caridad que surge del “espejo” que es Cristo (4CtaCl 15.16.18).  El corazón de todo creyente y discípulo se robustece en este encuentro amoroso con Cristo, donde la mente y corazón se unifican hacia la conversión del Reino (Mc 1,14-16). Todo contemplativo es un “espejo”, es decir, refleja a los otros el amor experimentado del “Padre de las Misericordias”.
El ejercicio de la contemplación en la vida de todo creyente, pasa por la escucha de la Palabra, por dejarse afectar por la BUENA NOTICIA de Jesús.
Tenemos que aprender el silencio contemplativo en la escucha de la Palabra. El dejarnos que la BUENA NOTICIA DEL EVANGELIO llegue a nuestros corazones para que reaccionemos con audacia y creatividad, con un compromiso decidido en la construcción del Reino de Dios.
la contemplación franciscano-clariana, lejos de ser un pietismo piadoso, es camino de identificación con el Señor. Quien asume una actitud contemplativa en su vida, se transforma en “criatura nueva” (Gal 6,15) y puede decir en verdad: “para mí la vida es Cristo” (Fil 1,21)…la contemplación es seguimiento, y el seguimiento lleva de nuevo a la contemplación. En otras palabras, la contemplación es vida, y la vida es contemplación” (Carta del Ministro General OFM. Fr José Rodríguez Carballo. CLARA DE ASIS Y DE HOY. 2004).

Fr René Arturo Flores OFM
11 de agosto de 2012

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