¨si uno te da una bofetada en tu mejilla derecha, ofrécele también la otra¨

La otra mejilla


La violencia siempre genera violencia, ese es un decir popular o de alguna sabiduría. El Maestro Jesús, dijo, “”si uno te da una bofetada en tu mejilla derecha, ofrécele también la otra” (Mt 5,38). La propuesta pacifica de Jesús es un modo de vivir que sigue siendo subversivo porque revierte el orden y cultura violenta establecida, aceptada en la sociedad e instituciones civiles. 

Nosotros en Honduras hemos nacido mirando que existe el ejército, la policía, que son para defender la soberanía y dar seguridad a los ciudadanos; son una institución armada que oficialmente puede usar las armas contra otro ser humano, contra otro hondureño. De igual manera existen otros países que están armados. Según el periódico El Heraldo, “en L 497 millones ha crecido deuda de la tasa de seguridad este año” (11 de julio 2016). En este caso, “seguridad” quiere decir inversión en armamento, entre otras cosas de uso de una institución. Sabemos que los hondureños, legalmente podemos poseer hasta 5 armas personales.


La bienaventuranza de Jesús, “felices los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios” (Mt 5,9). Estas palabras que orientan un buen vivir, una manera creyente de comportarse, no dice nada a los muchos cristianos de este territorio de Honduras. 

Porqué nos importa más el culto y la liturgia o servicio celebrativo religioso, que la misma práctica del amor. Dijo Jesús “este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado” (Jn 15,12). Lo central en nuestra fe cristiana es amar, perdonar, actuar con misericordia, ser sensibles, asumir la causa de los pobres y practicar la justicia (Mt 5,1-12).


Aquí en Honduras, los asesinatos y la muerte injusta, además de la impunidad, son la realidad de todos los días; el sentir miedo e inseguridad, al mismo tiempo de experimentar la persecución y criminalización si haces el bien o trabajas por defender los derechos humanos.

Creo que la palabra del profeta Isaias nos exhorta a todos los que nos llamamos creyentes y practicamos nuestra fe el Dios bíblico, el Dios de Jesucristo:

“¿Qué me importa la multitud de sus sacrificios? -dice el Señor-. Estoy harto de holocaustos de carneros y de la grasa de animales cebados; no quiero más sangre de toros, corderos y chivos. 

Cuando ustedes vienen a ver mi rostro, ¿quién les ha pedido que pisen mis atrios? 

No me sigan trayendo vanas ofrendas; el incienso es para mí una abominación. Luna nueva, sábado, convocación a la asamblea... ¡no puedo aguantar la falsedad y la fiesta! 

Sus lunas nuevas y solemnidades las detesto con toda mi alma; se han vuelto para mí una carga que estoy cansado de soportar. 

Cuando extienden sus manos, yo cierro los ojos; por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre! 
¡Lávense, purifíquense, aparten de mi vista la maldad de sus acciones! ¡Cesen de hacer el mal, 
aprendan a hacer el bien! ¡Busquen el derecho, socorran al oprimido, hagan justicia al huérfano, defiendan a la viuda!” (Is 1,10-17).

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